A pesar de su ascendencia mora, aprendió desde muy chico a tenerle miedo al indio de su tierra.
Vivió de rodillas sus estudios, con la cara sucia del que es reprobado una y otra vez por sus maestros.

En su vida actual empuña cuatro monedas: la del PRI, luego la del PRD, en seguida la de Morena y otra cuya denominación está dispuesto a jugar para partirles la mandarina a las tribus y a las sectas que se apoderan cada vez más de ese movimiento, mal llamado partido.
En sus pocas horas de sueño, sueña con tener una muerte heroica, rápida y poética, pero le espera una muy distinta: distante, lenta, fría, jadeante, lejana, con detalles rojos de arrepentimiento tardío.
Como todos los políticos, se cree más listo que la Nación entera y cada día se aleja más de ella, quejándose del pasado y maldiciendo a su presente.
Muy a su pesar, cada vez es más pisado por la historia, porque con sus actos la pisotea sin darse y a veces, dándose cuenta.
FANTASMAS UNIFORMADOS

Para sostenerse, no dudó en darles poder a los fantasmas de uniforme y mientras más se apoderan éstos de la vida nacional, el único pulso que registran sus venas es el de los caballos de una guerra inminente.
Soñó un día con dirigir desde la clandestinidad, pero lo sedujo el oropel de la banda tricolor y hoy fustiga a los clandestinos.
En la intimidad, les confiesa a los suyos que es un obrero del arte, pero en realidad sus sueños son veneros venéreos, que nada tienen de venerables.
No se tienta el alma para dar en el País, la orden de agonía para nuestra economía.
No se da cuenta de que la sangre salpica por todos lados a la Patria.
No quiere ver que la educación pública en México está perdida y que la salud muere cada día junto a millones de mexicanos.
A su gobierno le conviene perseguir a los corruptos y a los criminales, pero no atraparlos.
