El vicio irrenunciable de Hemingway

El Hemingway disipado y tormentoso en los excesos, violento a la menor provocación, no se refleja en esta casa donde impera el orden y el buen gusto. 3a y última parte.
Por Pablo Hiriart
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CAYO HUESO, FL.-

Ernest Hemingway, Premio Nobel de Literatura, escribía parado.

CATálogo Museo Hemingway, Cayo Hueso, Fl.

Su estudio, construido en una pequeña torre junto a su casa, tiene cinco libreros de tamaño mediano, un sofá y descansapies forrados en tela verde y orillas de piel, la figura en bronce de un toro de lidia, algunas fotos suyas, trofeos de sus cacerías en África, y una mesa redonda sin pretensiones con una máquina de escribir Royal al alcance de los dedos, pero no hay silla.

Cinco horas en pie junto a la mesa, “en estado de absoluta concentración, moviéndose únicamente para trasladar el peso de una pierna a otra”, lo describió George Plimpton en la magistral entrevista que le hizo en su finca afuera de La Habana, en 1958, para The Paris Review.

CATálogo Museo Hemingway, Cayo Hueso, Fl.

El Hemingway disipado y tormentoso en los excesos, violento a la menor provocación, no se refleja en esta casa donde impera el orden y el buen gusto.

En su dormitorio, un pequeño cuadro de Miró, otro más grande sobre la cabecera, de Henry Faulkner, la portada de Muerte en la tarde, dos burós de madera al lado de la cama donde duermen acurrucados dos gatos, descendientes de Snow Ball, y dos músicos africanos tallados al pie de la ventana que da a los árboles y a la alberca donde nadaba un kilómetro todos los días.

Pablo Hiriart
Nacido en Chile, emigró a México a fines de los 70. En 1980 inicia su etapa como reportero del semanario Proceso y del diario La Jornada antes de formar parte del equipo de comunicación del gobierno federal. Desde el año 2016, participa en México Confidencial en Azteca 13, en Proyecto 40 y es Director General de información política y social del diario El Financiero, donde escribe la columna "Uso de Razón".