El vicio irrenunciable de Hemingway
CAYO HUESO, FL.-
Ernest Hemingway, Premio Nobel de Literatura, escribía parado.

Su estudio, construido en una pequeña torre junto a su casa, tiene cinco libreros de tamaño mediano, un sofá y descansapies forrados en tela verde y orillas de piel, la figura en bronce de un toro de lidia, algunas fotos suyas, trofeos de sus cacerías en África, y una mesa redonda sin pretensiones con una máquina de escribir Royal al alcance de los dedos, pero no hay silla.
Cinco horas en pie junto a la mesa, “en estado de absoluta concentración, moviéndose únicamente para trasladar el peso de una pierna a otra”, lo describió George Plimpton en la magistral entrevista que le hizo en su finca afuera de La Habana, en 1958, para The Paris Review.

El Hemingway disipado y tormentoso en los excesos, violento a la menor provocación, no se refleja en esta casa donde impera el orden y el buen gusto.
En su dormitorio, un pequeño cuadro de Miró, otro más grande sobre la cabecera, de Henry Faulkner, la portada de Muerte en la tarde, dos burós de madera al lado de la cama donde duermen acurrucados dos gatos, descendientes de Snow Ball, y dos músicos africanos tallados al pie de la ventana que da a los árboles y a la alberca donde nadaba un kilómetro todos los días.
