Hablar mal del difunto

Uno de mis actores extranjeros favoritos es James Mason.
No hay alguna razón. Igual detesto a otros excelentes actores sin algún motivo.
No es problema mío sino de la farándula, que expone al actor a juicios sumarios del público… igualito que la política.
Me quedé con las ganas de ver la última película de Mason, “El tren subterráneo de Asís” (algo así se llama), donde interpretó al obispo de Asís, don José Plácido María Nicolini, que convirtió a su diócesis en el centro de una red de protección a los judíos durante la Segunda Guerra Mundial.
Al ver la ficha de aquella película estrenada meses después de la muerte de Mason, me sorprendió ver en el reparto a Alessandra Mussolini.
La cantante, modelo, actriz, médico-cirujana, líder política y diputada al parlamento europeo, es nieta de Benito Mussolini.
Mi sorpresa no fue por el parentesco, sino porque la película se trataba de la protección a los judíos de la persecución, y si algo ha determinado la carrera política de Alessandra es precisamente su antisemitismo.
Es famosa también por su respuesta a una diputada activista LGTB durante un debate en 2006:
“¡Mejor ser fascista que maricón!”
Años después, la camaleónica italiana, se “enmendaría” vistiéndose de arcoíris.
¡Vaya con doña Alessandra y su admirado fascismo vestido de derecha polícroma!
Si recordamos la trayectoria de los movimientos fascistas en el mundo, sus atrocidades, su inhumanidad, su desprecio por los derechos humanos y la vida humana en general, uno tiende a horrorizarse pero, al final, queda uno con una relativa tranquilidad porque suponemos que se aprendió la lección, que el consenso mundial es contra ese tipo de ideas.
Ningún humano que adore a su perrito, coopere para la navidad de la señora de intendencia, vaya a misa o dé donativo en las colectas de la Cruz Roja, sería tan inhumano para ser fascista.
Pero doña Alessandra es la prueba de que estamos equivocados y que, precisamente por confiar en que nadie puede sumarse a un movimiento social o político sustentado en el odio, hemos dejado que germinen y cundan movimientos sociales y políticos alimentados con graves patologías.
Detener a estos dementes no se puede hacer por decreto.
Hay principios elementales que deberían inculcarse en la educación.


