Las filas del bienestar
Desde antes de concluir el domingo 01 de Julio de 2018, el júbilo se desbordaba entre los miembros de MORENA y sus aliados electorales: Andrés Manuel López Obrador había ganado la elección por un amplio margen y la promesa de que todo cambiaría de la noche a la mañana -con su simple llegada al poder presidencial-, estaba todavía en el ambiente
¡Cuánta esperanza depositada en la transformación!

Recuerdo aún imágenes y videos de aspirantes al bienestar del obradorismo (candidatos), que repetían una y otra vez que México “sería infinitamente mejor” con ellos.
¡Vaya! Hubo quienes sin hacer campaña resultaron electos por el efecto del triunfador.
Para quienes ya conocíamos al tabasqueño, quedaba claro que la realidad sería completamente distinta: su incapacidad estaba demostrada en sus responsabilidades anteriores y fue, y seguirá siendo, un agitador profesional, siempre un personaje al que se le da más fácilmente la destrucción que la construcción. De hecho, dudo que en su ADN político, “construcción” sea un concepto que tenga intención de ejecutar.

López Obrador no tiene, ni de lejos, madera de estadista, porque no sabe gobernar...
...lo suyo es ser jefe de partido, coordinador de campaña, movilizador territorial...
...y para desgracia del país, lo ha hecho la mayor parte de las veces con recursos públicos, producto de la extorsión política, la mentira y la traición constante a sus electores. Antes como opositor, ahora como mandatario.
Hay quienes dicen que el presidente siempre habló con sinceridad sobre sus intenciones; quizás tengan razón, sin embargo, la mentira fue el arma más poderosa que usó para atraer a sus votantes. En lo personal, al originario de Macuspana hay que leerlo, justo porque hace todo lo contrario de lo que promete. No abundaré en sus promesas de campaña, pues prácticamente no ha cumplido ninguna, pero me quiero referir especialmente a una que marcará su sexenio:
