Un gobierno itinerante

Alguna vez, leyendo sobre la conquista de Mesoamérica, me enteré que don Hernando de Cortés, un consumado fullero, bribón de siete suelas, andaba a las contras con el gobernador de Cuba, el ilustre nepotista Diego de Velázquez.
El caso es que don Hernando y sus “marines” iniciaron su invasión fundando la Villa Rica de la Vera Cruz, constituyendo un cabildo y creando así el primer ayuntamiento continental en América.
PIONERO Y TRAMPOSO.
Pionero, sí, pero además tramposo, porque al crear un ayuntamiento se libró de rendir cuentas a su superior natural en América, precisamente su viejo “amigo” don Diego de Velázquez.

No se midió el aventurero, y se puso al arbitrio del mismísimo Carlos I de España, el quinto Carolus Imperator del Sacro Imperio Romano Germánico (el de los chocolates).
La trampa era obvia.
Los Ayuntamientos, desde tiempos romanos, tenían un estatus especial como forma de gobierno, constituidos en cabildos gozaban de una cierta autonomía que se ha conservado y perfeccionado con el tiempo en gobiernos democráticos y monárquicos.
La Villa Rica de la Vera Cruz nació con autonomía pero con una autoridad local “de facto”, don Hernando, que además de generalote, como Justicia Mayor era también prácticamente juez y policía.
Por fortuna los siglos han pulido ese cabujón autonómico y en México presumimos ayuntamientos republicanos y constitucionalmente autónomos.
Un orgullo para nuestra soberanía, por supuesto.
En nuestro país no hay excepciones, el municipio es, geográfica y socialmente, la pieza básica del lego para armar el complejo rompecabezas democrático. Esto implica que es la sustancia de la “polis” y, por lo tanto, de la política.
Último reducto además de la idiosincrasia.
LOS FANTOCHES MEXICANOS EN CATAR.

Nos insufla el fervor patriótico esa autonomía municipal de la misma manera que cuando vemos iluminada la torre Eiffel con los colores patrios mexicanos, o a un montón de hinchas fantoches ondeando labaritos tricolores en un fúnebre estadio Catarí.
Tan inseguros somos que necesitamos reconocernos en los ojos de otros.
Pero la realidad política y social de nuestros municipios es, me temo, más bien nominal.
En la práctica y en las leyes, la desigualdad es abrumadora. El municipio, la célula vital republicana, está condicionado a nomenclaturas legales y cacicazgos.
Fue este desamparo el que me movió a entusiasmarme cuando un grupo de municipios de variopinta coloratura partidista, se aliaron para presionar al gobierno estatal del nuevo Nuevo León cantándole al joven Samuel la vieja canción del chubasco presupuestal.
Como en la canción original, haciéndole un chubasco al gobernador itinerante para detenerle su navegación, aérea, en este caso.
Por lo menos hacerle redefinir sus prioridades, que no son las cumbres internacionales sino las honduras administrativas locales.
