Eficiencia sin ética: el gimnasio de piernas del mundo empresarial
En el gimnasio del mundo profesional, hay quienes solo entrenan el brazo de la eficacia.
Sí, el que levanta reportes trimestrales como si fueran pesas, que presume KPIs como si fueran bíceps.
Pero se les olvida trabajar la parte más difícil y menos sexy: la ética.
Y ese desequilibrio, como buen entrenador de vida, tarde o temprano te cobra factura.
El artículo que nace hoy, es uno de esos textos que parecen más denso que tu compañero de finanzas pero que en realidad es oro puro nos lanza una premisa simple pero poderosa: ética y eficacia no son enemigos.
Son pareja. Y de las buenas.
El trío dinámico: conocer, transformar y no volverte un patán
Todo empieza con Aristóteles.
Porque claro, si vas a hablar de algo profundo, siempre puedes invocar a un griego clásico y sonar más sabio que un gerente con coaching ontológico.
Este crack de la filosofía definía tres dimensiones fundamentales en toda acción humana:
- Theōria (conocer): el ejercicio de entender la realidad tal como es. No como quisieras que fuera, no como te la contó tu roomie, sino como es. Spoiler: este paso no es opcional. Si no entiendes bien el problema, terminas diseñando soluciones útiles para otros planetas.
- Póiesis (transformar): usar lo que conoces para hacer cosas. Desde apps hasta esculturas. Aquí se da el famoso punch de la eficacia. Produces algo útil, bonito o, en un mundo ideal, ambas.
- Praxis (actuar con ética): el momento en que todo lo que haces tiene una intención. Y esa intención te hace mejor (o peor) persona. Porque no basta con hacer bien tu trabajo si por dentro te estás pudriendo como fruta en el cajón del refri.
Lo brutalmente hermoso de la analogía es que te lo explico con manzanitas: cada vez que actúas para transformar algo, también te transformas tú.
La pregunta es:
¿te estás volviendo mejor persona… o simplemente alguien más productivo con menos alma?
El espejismo de los cracks sin brújula
Hay un tipo de profesional que todos hemos visto —o sido— alguna vez: el ultraeficienteque cumple objetivos con la precisión de un láser, pero que en el fondo es un desastre humano. Una mezcla entre robot y tiburón.
Brillante, sí… pero incapaz de distinguir entre el bien y el “me conviene”.
Y ojo, no se trata de romantizar el fracaso ni satanizar la eficiencia.
Ser eficaz no es malo, al contrario: es parte del paquete humano.
Pero si sólo apuntas a hacer cosas útiles, sin pensar si son buenas, entonces eres el equivalente empresarial de un chef que sólo cocina comida rápida: sacias, pero no nutres.
Empresas que respiran como personas
Aquí es donde el articulo aterriza el avión en la pista más importante: las organizaciones también tienen alma.
Y cuando su único criterio es la eficacia, pueden volverse máquinas eficientes… pero huecas.
Como esas empresas que te premian por llegar a los objetivos, aunque hayas atropellado media cultura laboral para hacerlo.
La ética organizacional no es un lujo, es una necesidad estructural.
Porque sin ella, la confianza se evapora.
Y sin confianza, no hay relaciones duraderas, ni compromiso genuino, ni innovación auténtica.
- Hay miedo.
- Hay política interna.
- Hay rotación.
- Hay burnout.
Francis Fukuyama lo decía bien: la confianza es el capital social que reduce el costo de hacer negocios.
Sin ética, el costo no es solo financiero.
Es humano.
El secreto: no elegir, sino sumar
El error más común es pensar que hay que elegir entre ética y eficacia.
Como si fueran polos opuestos.
Como si uno fuera angelito y el otro CEO despiadado.
Pero la vida real no es una serie de Netflix.
Aquí los mejores líderes son los que combinan cabeza y corazón, lógica y valores, resultados y propósito.
La ética no es un freno, es el volante.
Porque ¿de qué sirve ir rápido si vas directo al barranco?
Las empresas que entienden esto diseñan procesos que no sólo funcionan, sino que construyen cultura.
Equipos que no sólo entregan, sino que se cuidan.
Líderes que no sólo dirigen, sino que inspiran.
En fin… ponle alma al Excel
En un mundo obsesionado con métricas, OKRs y dashboards, es fácil olvidarse de las preguntas que realmente importan:
- ¿Estoy logrando cosas… o estoy construyendo algo?
- ¿Estoy creciendo como profesional… o también como persona?
- ¿Estoy rodeado de gente eficaz… o de gente buena?
Ética y eficacia no son un dilema.
Son una dupla. Como Batman y Robin. Como mezcal y toronja. Como tú cuando haces las cosas bien y además duermes tranquilo.