Una historia no contada... hasta ahora

Les platico:

¿Avión en aquellos años? Ni pensarlo; ese tipo de transporte era para los ricos.

EL SEGUNDO SR. BLANCO

Así que como pudo, el chavo aquél de 17 años estuvo ahorrando durante varios meses el dinero que “Vic White” le pagaba por sus artículos que le publicaba la Revista Pop y cuando tuvo lo suficiente, se compró un boleto de autobús, solo de ida, de Monterrey a la Ciudad de México.

Había reunido un poco más, porque aunque Vic le había ofrecido conseguirle dónde quedarse, su abuelita lo había aleccionado de que no había qué pegarle al gorrón y debía apuntarse para ayudar por lo menos en algo a su manutención.

Y a esa edad en la que hoy mucho chavos del siglo XXI siguen manutendidos por sus papás, el chavo de esta historia se fue así, de un día para otro de su casa con una maleta y lo que pudo meter en ella de la escuálida ropa que tenía.

Ya en la entonces llamada Ciudad de los Palacios, le llegó derechito de la Central de Autobuses al depa que Vic le había conseguido en la Colonia Polanco.

Las oficinas de Pop estaban en la calle Eugenio Sue de la Colonia Anzures.

A los 14 años el regio aquél había empezado a enviarle al editor de esa publicación, sus artículos sobre música.

Escuchaba rock desde que tenía 9 y se documentaba de tal modo, que cuando Vic pidió colaboradores en toda la República, se sorprendió de que lo aceptaran tan rápido.

Es que escribía muy bien gracias a la prodigiosa ortografía que había aprendido de su abuela, maestra empírica que había casado con un ferrocarrilero y que era pulcra del idioma, tanto hablado como escrito.

Le pagaban $20 pesos por cada artículo y Pop se publicaba cada semana.

Como era dinero del de antes de que Salinas de Gortari le quitara tres ceros, estaba más que bien para ser ganados por un cuate que tenía la edad de algunos que recibían ese dinero como mesada.

Entonces cambió su vida, porque no era lo mismo moverse en las calles de Monterrey, que ahora en la Capital.

La ciudadota aquella no era tan extraña para él, porque desde los 6 años acompañaba a su abuelita en los otoños a comprar ropa abrigadora en unos locales que estaban cerca del Zócalo.

Aquella mujer había quedado viuda apenas se había mudado con sus hijos, su esposo y su papá, de Palau, Coahuila a la ciudad del Cerro de la Silla.

Y para sobrevivir se dedicó a lo que más le gustaba y sabía hacer: el comercio.

Una vez al año, en octubre, se iba a la Ciudad de México con su nieto a comprar para re vender sweters y abrigos y como cinco o seis veces a Laredo a comprar telas en una tienda que todavía existe en el vetusto centro de esa ciudad texana.

EL PRIMER SR. BLANCO

La tienda aquella se llamaba “Blanco” y la mujer había hecho tan buena amistad con el dueño -un picudísimo comerciante de origen libanés- que cierto día se le ocurrió preguntarle si estaría dispuesto a “hospedar” por un corto tiempo a su nieto que la acompañaba a comprar telas.

Para su sorpresa, el libanés aceptó a la primera y le dijo que casualmente estaba necesitando a alguien que le echara la mano en la tienda porque sus hijos le había salido bien huevones.

Y como el niño aquél se veía medio listo y “le brillaban los ojillos diamadre”, le contra propuso a la abuela que se lo dejara unos meses.

A cambio, la mujer le pidió que por favor le hablara puro inglés, para ver si su nieto algo aprendía de ese idioma.

Eran años en los que resultaba rarísimo que alguien se pusiera a estudiar inglés en cualquier ciudad de México.

Los que lo aprendían eran hijos de los ricos que los enviaban a estudiar a Estados Unidos y los más ricos, pues a Europa, donde también aprendían francés y unos cuantos, alemán.

Tenía 8 años y el niño aquél se pasó en Laredo los tres meses que en aquellas épocas tenían los chavos de vacaciones en la primaria.

Bueno, las escuelas públicas daban nomás dos, pero se quedó tres, porque la abuela había arreglado con la directora del plantel, que le diera chance de que entrara un mes después del resto del alumnado, porque como su nieto había aprendido a leer y a escribir a los tres años, se aburría de pronto cuando en primaria las maestras -eran puras mujeres- enseñaban a sus compañeros.

Había entrado a primaria a los 5 años, cuando lo habitual era que fuera a los 6, y entonces, pues sí les llevaba ventaja.

Y se quedó entonces tres meses viviendo en la casa del “Señor Blanco”, como le decían al libanés.

Así fue como aprendió inglés, a chingadazos, porque el dueño de la tienda había seguido al pie de la letra la petición de su abuela y no le hablaba para nada en español.

Durante ese tiempo, el chavillo perfeccionó sus habilidades de comercio, como su abuela le decía que era lo que ella hacía para sobrevivir.

Y cuando ya estando de regreso en Monterrey consiguió su primer empleo pagado en la revista Pop, también se daba el lujo de escribir sus artículos en inglés.

Esto sedujo a Vic, que no podía creer que alguien de tan corta edad fuera bilingüe y menos, sabiendo que había recibido su educación en las también escuálidas escuelas públicas mexicanas.

PARMÉNIDES

En la Capital, el bisoño escritor de artículos de rock fue hospedado por Parménides García Saldaña, la estrella de la revista, que era hijo de una familia muy rica de la ciudad de Orizaba, que lo había mandado a estudiar a la Universidad de Tulane, en Nueva Orleans.

Parménides era un fenómeno y escribía con una fruidez y fluidez tal, que llenaba a veces la cuarta parte o más de las páginas de Pop con sus doctas columnas hablando de los Stones, de los Beatles, de los Yardbirds, Jethro Tull, el naciente en aquellos años Pink Floyd, de Cream y Eric Clapton.

También escribía del resto de la pléyade de rockeros británicos que dominaban el mundo del rock, sin despreciar a americanos como Eric Burdon & the Animals, y reverenciando a BB King, Jerry Lee Lewis, y sobre todo a los que cuando murieron en un accidente de aviación, provocaron que años más tarde fueran inmortalizados por Don McLean en su afamada “American Pie”, pieza que rindió tributo a Ritchie Valens, Buddy Holly y The Big Bopper.

EL DÍA EN QUE LA MÚSICA MURIÓ

La conexión entre Parménides y el chavo de esta historia se dio cuando el regio recién llegado a su depa, escribió un artículo en inglés refiriéndose al “día en que la música murió”, como se le sigue llamando al 3 de febrero de 1959, cuando esas tres glorias murieron, todos antes de cumplir 30 años. Ritchie tenía apenas 17.

Parménides se emocionó hasta las lágrimas al leer en aquél artículo del regio -escrito en el inglés que había aprendido en casa del primer Sr. Blanco de su vida- la anécdota del accidente de aviación en Iowa, cuando Ritchie se jugó su lugar en la avioneta en un volado que echó con su colega Tommy Allsup.

Ritchie ganó… o perdió…

Parménides conocía esa historia, pero la forma en que su huésped la escribió fue tan emotiva, que provocó una amistad entre los dos, que solo fue interrumpida hasta el 9 de febrero de 1982, cuando el dueño del depa de la Colonia Polanco murió de neumonía, en la más completa soledad. Tenía apenas 38 años.

De tan solo que estaba, el cadáver de Parménides fue descubierto hasta una semana después de su muerte.

EL NORTE

En ese año de 1982, hacía tres que el chavo de esta historia había terminado su ciclo como periodista en el Periódico El Norte.

A los 17 años, estando todavía en la Ciudad de los Palacios, le había escrito una carta al Lic. Alejandro Junco diciéndole desparpajadamente que si tenía una vacante, le gustaría competir por ella.

A través de la finada Margarita Malo -asistente del Lic. Alejandro- consiguió la cita y sin pensarlo, se despidió por última vez de Parménides, empacó sus todavía escuálidas pertenencias y regresó a Monterrey, para entrevistarse con el director general del periódico.

Era su sueño e iba por él

El director le dijo que para entrar como reportero le veía dos problemas: uno, su edad y dos, no tenía preparación para dedicarse a ese oficio.

Entonces, le mostró sus publicaciones bilingües en Pop y como resultado, le pidieron que escribiera una autobiografía y si era aprobado, tomaría un curso con la también finada Dra. Mary Gardner, que era ocupada por el director del periódico para impartir cursos intensivos de periodismo.

ABRAXAS

El chavo acababa de leer “Demian”, de Hermann Hesse y en su autobiografía de 32 páginas copió esta frase del autor alemán: “El hombre quiere nacer. Para nacer tiene qué romper el huevo. El huevo es el mundo. El pájaro rompe el cascarón y vuela hacia Dios. Dios se llama Abraxas”.

En la mitología egipcia, Abraxas era el dios del bien y del mal, de lo alto y lo bajo, de lo mucho y lo poco, de lo cercano y lo lejano, de la vida y la muerte.

Era adorado como ser supremo por los basilideanos, una secta gnóstica del siglo II.

Y el chavo entró al periódico. Y llegó a ser editor de dos secciones. Y estando ahí consiguió una beca de la SIP para hacer prácticas de periodismo en el Washington Post durante seis meses.

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Y conoció allá a los legendarios Bob Woodward y Carl Bernstein, quienes descubrieron el escándalo de Watergate.

Y se sentó a la mesa de Redacción con la también legendaria Katharine Graham, la dueña del periódico que fue vendido por sus herederos a Jeff Bezos, el 5 de agosto de 2013 a cambio de $250 millones de dólares.

Y conoció en Washington a Agustín Gutiérrez Canet, su amigo desde entonces, quien era corresponsal del Excélsior y que a la mitad de la beca fue llamado a México, cuando el director de ese otrora célebre periódico, Julio Scherer García, fue saboteado por Luis Echeverría, lo que dio lugar a la aparición de la legendaria Revista Proceso, de la cual Gutiérrez Canet, por consecuencia, fue uno de sus fundadores.

Y el chavo permaneció seis años en El Norte.

Y cuando salió se dedicó, junto a dos doctores cubanos en estadística y matemáticas a quienes conoció en la Universidad de Moscú, a crear lo que en ese entonces no tenía nombre y que ahora se llama: BigData.

Y duró 35 años sin volver a escribir en un medio de comunicación.

CAMBIO DE HORIZONTES

Y que de pronto fue invitado por el director de un periódico a escribir una columna al mes, que luego se volvió quincenal, después semanal y terminó a la vuelta de tres años en diaria.

Y que fue “invitado” a salir de ese periódico cuando sus temas entraron en conflicto con los intereses de ese medio.

Y que entonces se refugió en un montonal de publicaciones que lo difunden en varios países.

Y que para no andar lidiando con editores que le hacen muecas a su irreverente estilo de escribir, fundó junto a un genio de la tecnología, su propio periódico.

Y que a la vuelta de apenas un año, detona ya a media tabla en la mayoría de los principales motores de búsqueda del mundo, habiendo dejado atrás a algunos que le llevan muchos años de ventaja.

CAJÓN DE SASTRE

“¡Qué historia! Gracias por contarla”, dice la irreverente de mi Gaby.

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Plácido Garza

Plácido Garza. Presidente del portal noticioso www.detona.com. Nominado a los Premios 2019 "Maria Moors Cabot" de la Universidad de Columbia de NY; "Sociedad Interamericana de Prensa" y "Nacional de Periodismo". Forma parte de los Consejos de Administración de varias corporaciones. Exporta información a empresas y gobiernos de varios países. Creador de la primera plataforma de BigData en México. Escribe diariamente su columna IRREVERENTE para prensa y TV de medios nacionales y de otros países. Maestro de distinguidos comunicadores en el ITESM, la U-ERRE y universidades extranjeras. Como montañista, ha conquistado las cumbres más altas de América.

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